jueves, 24 de julio de 2014

Collage d'estiu

Era una persona triste. Era especialmente gris. Y, sin embargo, no dejaba de preguntarse cosas. Era curioso, porque él siempre había creído que las ideas tenían colores, y que tenerlas todas juntas a la vez en la cabeza construiría algo hermoso. Pero lo que había sucedido es que, de tanto mezclar, ya no sabía ni dónde estaba el pigmento y la mezcla era sólo gris.

Gris era su trabajo. Por un lado, pensaba que ayudar a los demás a costa de uno mismo (la única forma de ver su trabajo con cierta aprobación) sería bonito, pero por otro pensaba que renunciaba a tantas otras cosas en la vida. Era como si trabajase para que los demás fueran felices a su costa: podrían dedicarse al arte, a leer, a la música, a cocinar, a actuar, a viajar... En cambio, él era sólo la red de seguridad, era el que engrasaba las vidas. Era un trabajo lleno de gris. De hecho, todos los que lo hacían iban vestidos de gris. A veces se ponía una corbata roja, como una chispa de vida buscando auxilio, pero pocos clientes le reconocían como a alguien diferente. En cambio, sus jefes enseguida le condenaban, como dándole la razón a la parte triste de su alma, “no eres tú lo rojo de la vida, trabajas para que los demás lo sean”. Su trabajo le hacía sentir mal porque no se basaba en algo real, sino que era especulativo: los hombres grises hablaban de cosas que no existían y se ponían de acuerdo sobre ellas. Y, en cambio, le pagaban bien y la gente se lo agradecía. Sin embargo, él tenía la sensación de que les estaba robando, de que cualquiera podría hacerlo igual de bien. Aunque eso no era cierto; poco a poco se había ido convenciendo (quizá porque no sabía hacer otra cosa) de que era un buen vendedor de ideas.

Pensaba hasta cuando se lavaba los dientes. Se atascaba en cada recoveco; se preguntaba, siempre que se arreglaba, se lavaba la cara, se afeitaba o hacía ejercicio, si lo hacía por él mismo, o por agradar a los demás, o por su trabajo. Al final, todos creían que era presumido, pero es que pensaba cualquier cosa que hacía y por eso tardaba una eternidad en llegar a cualquier parte.

Pensaba sobre todo que estaba solo. Pensaba que nadie le entendía, y que aunque buscase jamás encontraría a alguien que le entendiera. A veces pensaba en ella y sólo deseaba ver Saber y Ganar hasta el ocaso de los tiempos, hasta que fueran viejos y ya se supieran todas las respuestas. A veces pensaba en el suicidio anómico, en si realmente había alguien que le necesitaba, o si podía marcharse a otro sitio donde mezclar ideas hasta ahogarse no se convirtiera en un empacho gris, sino en una liviana felicidad luminosa. A veces pensaba en dejar su trabajo, en dejar de ser él haciendo cosas que él jamás haría, y mil cosas más. Pensaba sobre todo que la gente le aburría, que ya no era necesario molestarse en conocer a nadie, que sólo para poner al día sobre sí mismo a cualquier persona harían falta por lo menos unas cuantas semanas, y que no valía la pena ni siquiera intentarlo. Le hubiera gustado que las personas vinieran ya hechas, como salidas del horno, que pudiera mezclar como colores a todas las personas que conocía y hacerse una con la que hacerlo todo, que le entendiese desde ya. Sabía que al estar tan lleno de ideas, todas eran contradictorias, que no podía afirmar nada ni desdecir nada. Había dejado de hablar por no cometer errores, y tenía ganas de morirse porque sabía que no existía nada perfecto, pero hasta esa misma idea era perfecta. Se había convencido de que era único, de que forzosamente debía ser interesante aunque no estuviera lleno más que de aire, de proyectos sin forma, de cosas que no podía empezar; sabía que hasta eso podía crear interés en alguien, siempre que no fuera él mismo. Su psiquiatra no entendía nada de lo que le decía, pero le perseguía obsesivamente, como si fuera un curioso animal, exótico, ermitaño, una revolución científica.

Y a veces, sobre todo, veía su muerte y sabía que no moriría de pena, sino de confusión.

domingo, 15 de junio de 2014

El plan

Ella no lo sabía, pero él tenía un plan. Cuando volviera a verla, ya no sería el mismo. Habría vivido más, habría hecho más cosas, habría aprovechado el tiempo. Se escondería de ella hasta que estuviese preparado, jamás le contaría nada de sus progresos. Quería que ella le prestase atención, que al verlo se acordase del simpático y triste chico de antes, pero que se quedara impresionada al verlo aparecer con una enorme, sutil y amable aura de sabiduría. Soñaba con invitarla a un café y regalarle una flor con su primer sueldo; explicarle humildemente sus pequeños pero constantes triunfos. Soñaba con el reencuentro, él vestido con un traje de pobres, presentarse como un pequeño señor que se había ganado todo lo que tenía. Soñaba con su sonrisa, y su plan, que tantos años y esfuerzos le costaría realizar, tenía sólo ese fin.

Pero también le preocupaba que el café nunca llegase. Sobre todo, le preocupaba que el resultado no dependiese de él. Que por mucho esfuerzo que hiciera, ella nunca quisiera verlo de nuevo. Que jamás volviera a sonreírle. Que estuviera haciendo cosas no por sí mismo, sino por un fugaz deseo. Que el amor cambiase durante el tiempo, que lo llamaran química, capricho, ingenuidad o sexo, que él sólo fuese un actor en una película de guión impasible.

Pero entonces pensaba que, al menos, recorrería camino, y que la sonrisa de ella era la idea que más le gustaba.

martes, 15 de abril de 2014

A mi estrella

Ya lo entendí. Ya te encontré. Te reflejas en los rostros de las mujeres. Sin ser una de ellas, eres más que ellas. Eres una idea, un pensamiento, una algarabía. Eres una luz inalcanzable, inasible, a tres mil años de viaje de mí. Eres la combinación de todas sus miradas.

A veces te veía en una de ellas, y te perseguía. Ahora sé que eres fugaz, que apareces en la punta de su nariz, y te fugas. Sé que lo haces por mí, para que, buscándote, olvide la vida de plomo.

Sé que tu fantasía me mantiene vivo. Sé que me acusan de soñador, de hablar con vientos, nubes y estrellas, como si fuera el crimen de un ermitaño.

No importa. Afuera de mi casa tengo flores, sembradas en el campo como a ellas les gusta estar. Un día, mientras las esté regando, sé que volverás a posarte liviana sobre una de ellas. Entonces le diré que ha vuelto mi estrella.

sábado, 29 de marzo de 2014

Tu casa

Me gustaría ser tu casa.
Nada más que tu refugio.
El sillón que abraza tus músculos cansados.

Me gustaría ser tu abrazo.
Las paredes que tienen ojos, pero no hablan.
Me gustaría ser tus muros.

Me gustaría ser tu inmueble
para no seguirte jamás,
sólo esperarte.

Me gustaría ser el inicio de tus viajes
y el final de tus problemas,
pero no estar nunca en medio.

Me gustaría ser tu alfombra,
tu mascota, tu cama, tu candil.
Todo aquello que te recibe con alegría,
sin preguntarte dónde has estado.

Me gustaría ser tu valor,
tu espina.
Me gustaría ver tus ratos,
sobre todo los tristes.

Me gustaría sólo dar,
ser tu despensa, tu cocina.
Ser el lugar de tu paz,
ser tu hogar, tu chimenea.

Ser el fuego cuando el tuyo se apague.
Ser tu incienso, tus sales de baño.
Ser el amor, incombustible.
Esperar mi ruina
cuidándote.

domingo, 23 de marzo de 2014

Mi estanque

Es imperceptible.
Vive
en un mundo
entre lienzo y bastidor.

Es la que espera
entre las cortinas de un parpadeo.
Es el pie desconocido
que mora bajo las mesas.

Es una línea de luz
en el horizonte blanco,
sin curvas nerviosas
ni cambios.

Es el suspiro
entre dos comas,
es un mundo desconocido.

Siempre está,
me escribe entre líneas,
ni se la ve
ni desaparece.

Es un estanque
que no se refleja,
es sólo todo para alguien.

Me escucha y me sigue,
me cuida
sin por qué ni cómo.

Es un mundo escondido
de paz infinita.

Es mi persona
preferida.

sábado, 8 de febrero de 2014

Silencio

Eres un recuerdo
que ya no recuerdo.
Te has ido
pero sigues aquí.

No es culpa tuya,
ni tampoco mía.
No es que quiera que te quedes,
pero tampoco que te vayas.

Ahora sé que amor es
permanecer en silencio.
Rendirse
sin que tú lo sepas.
Disimular la admiración
con una sonrisa.
Hablarte de nada
en instantes malbuscados,
ocultando palabras
que todo lo dicen.

Parecer que no sé nada,
que ya no te amo,
que no soy el que era,
que está todo olvidado.

Amor es que no me leas,
que de mí nada sepas.
Que aquellas bellas palabras
no se conviertan en lastre.

Es verte marchar
sin despedirte.

Es soñarte
de forma tranquila,
sin pensar
si volveré a verte.

Es saber que fuimos,
hace tiempo, felices,

y nada más.

jueves, 2 de enero de 2014

El lobo estepario

Nunca he leído a Hemingway. Da igual, porque El lobo estepario es de Hermann Hesse. He leído a Hesse, pero no he leído El lobo estepario.

La imagen que tengo de Hemingway está totalmente distorsionada por Woody Allen y su Midnight in Paris, y el título de la obra de Hesse se adapta perfectamente a esa visión.

Es curioso ver cómo las personas creen que escapan a todo tipo de condicionamiento social. Por un momento, parece que pueden hacer lo que les plazca, que las ideas que tienen siempre son propias y que sus comportamientos son inteligentes o, más que inteligentes, razonados e idóneos para las circunstancias que padecen.

Nada más lejos de la realidad. Los comportamientos de las personas son, de forma natural, exageradamente hipócritas, defensivos por supervivencia, socialmente impuestos. Son, las personas, seres llenos de defectos asquerosos, bajezas de todo tipo y miserias que, mediante alguna u otra estratagema psicológica, se niegan a combatir. Dos personas que realizan una tarea conjunta no tardan en resaltar cualquier fallo con tal de afirmarse superiores al compañero, con tal de conservar su autoestima, con tal de tapar la inutilidad que todo ser humano ostenta por defecto. Los saludos a cuasiconocidos son falsos, los saludos a conocidos son falsos, las preguntas por el estado anímico de los demás son falsas (¿a quién le importa cómo está otra persona?) y las respuestas no pueden ser otra cosa que, obviamente, falsas. ¿Quién afirmaría debilidad ante el conjunto social? ¿Con qué propósito? ¿Acaso hoy todavía alguien cree que la muestra de debilidad redundará en una preocupación de los demás por él mismo? Son las personas más cercanas las que más diestro apuñalan la autoestima de uno; ese conocimiento del allegado que, en vez de ser usado para aliviar y sanar, se utiliza para demostrarse superior. Es el ser humano, por defecto, y nunca se podrá decir mejor 'por defecto', sádico; asesino de insectos siempre con previa tortura, arrancando patas y alas sólo por placer, sólo por la oportunidad presente, sólo por la diferencia de tamaño y poder; es ingenuo, se cree auténtico, solitario, presente, ignorante de las innumerables generaciones pasadas, de las formas de opresión dominantes, como el machismo, que lo impregnan todo.

Hasta la rebeldía es falsa, es una moda, una corriente social; ¿es la identificación con una idea política seguida por un numeroso grupo de personas (y siendo uno, el grupo es siempre numeroso) una auténtica novedad? ¿Se puede ser rebelde sin innovación? No, no se puede; hasta los deseos de libertad son falsos, ni un solo hombre se aventuraría a una libertad total, sin la dirección del grupo social, sin la comodidad de someterse a sus designios, sin la supervivencia obtenida por el acomodo del pensar.

Es asqueroso percibir la asquerosidad, esta verdadera inteligencia, la de, sin temor alguno, ver de qué pie cojea cada ser humano. La verdadera inteligencia es inteligencia social, y la verdadera inteligencia es también un falso don, una verdadera maldición. Es comprender la miseria un sendero que permite escapar de lo miserable, pero siempre a costa de hacerlo solo, como un lobo expulsado y lacerado por la manada, hacia la estepa, huyendo del hastío del juego social en el que ya se pueden ver las marcas en las cartas.

Está la virtud, pienso, en los animales. En el egoísmo. Son todos los animales egoístas por umbral. Matan y asesinan hasta cubrir sus necesidades básicas y, entonces, se convierten en el mejor amigo del hombre. Nunca son los animales hipócritas; sólo se les podrá criticar su egoísmo de Maslow, pero no el operar como es contrario a sus verdaderas pasiones.


Puedo tolerar un egoísmo animal, pero no la hipocresía. Me exige demasiado esfuerzo mentir, mucho más que pensar, al contrario que para el grueso de los seres humanos. Me gustaría encontrar a personas que se comportasen como animales, superhombres, personas con sus propios valores forjados en periodo de entreguerras, como Demian, como Marv de Sin City, del que se dice que su verdadero lugar no está en un bar observando maníacamente a las bailarinas, sino en un campo de batalla con dos hachas en sus manos, decapitando a sus enemigos. Personas forjadas en este tiempo de crisis. Violencia, decisión, verdad, individualismo y amor; esta vez sí, auténtico.